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O Movimento dos Cineclubes

O Movimento dos Cineclubes

No âmbito do grupo Correntes Artísticas e Movimentos Intelectuais do Centro de Estudos Interdisciplinares do Século XX da Universidade de Coimbra, criou-se o weblog O Movimento dos Cineclubes que procurará reunir e disponibilizar on-line informações, documentos e estudos sobre a história do movimento dos cineclubes, com particular relevo para a história do cineclubismo em Portugal. Poderá encontrá-lo aqui.

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Modernismos: o Impressionismo e o Cinematógrafo

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A propósito da exposição Impressionnisme et naissance du cinématographe, que decorreu no Musée des Beaux-Arts de Lyon, entre 15 de Abril e 18 de Julho, numa co-organização com o Institut Lumière, leiam-se o artigo de Jean-Pierre Rehm, «Lumière au grand jour», nos Cahiers du Cinéma de Julho-Agosto 2005 (sem link), e o dossier do site France 2, de onde se extraíram as imagens acima reproduzidas e a citação que se segue:

Quand les frères Lumière réalisent leurs premiers films, et rendent public leur invention, l’impressionnisme est parfaitement intégré à l’establishment, même si c’est du bout des doigts que le Musée du Luxembourg accepte en 1894 la collection léguée par Gustave Caillebotte, signe d’une première reconnaissance officielle.
Le cinématographe reprendra à son compte un des reproches majeurs fait aux impressionnistes, en se démarquant des sujets nobles, du moins considérés comme tels : religiosité, métaphores antiques, peinture historique... Au-delà d’être une peinture de paysage, elle renvoie, comme déjà le faisait les Flamands, à des sujet inspirés du quotidien...

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Há intelectuais privados?

Comentário ao texto anterior, lido no blog de Arcadi Espasa.

Arranca Santos Juliá en su discurso de entrega de los premios Ortega y Gasset de la clásica identificación (“simbiótica” dice él) entre intelectual y periódico, y cita, como es natural, los casos de Zola y el propio Ortega, y L’Aurore y El Sol. Y escribe: “Desde entonces, la suerte del intelectual estará vinculada a su capacidad para alcanzar resonancia y publicidad desde una tribuna de prensa, desde algún periódico, lugar históricamente privilegiado de la presencia pública del intelectual. A fin de cuentas, no existe nada como un intelectual privado”. La afirmación es, más que cierta, obvia, si se entiende que la tarea del intelectual moderno es inseparable de la difusión más o menos masiva de sus ideas. Pero más discutible si se quiere dar al intelectual un carácter estricto de intelectual orgánico, colectivo, que se funde (y se acrisola, oh, là, là) con el de un medio de comunicación determinado. Históricamente hay alguna muestra de lo que podría llamarse un intelectual privado. Kraus es el que más quiero: privadamente y durante más de treinta años (salvo un breve período inicial) escribió, diseñó e imprimió su Die Fackel, una de las aventuras intelectuales más gigantescas (y muy mal conocida en España) de que tengo noticia. Pero la gracia y el interés de la expresión de Juliá son perfectamente contemporáneos. Es simple y rápido de decir: internet ha puesto en circulación o en re-circulación la actividad del intelectual privado, que, por cierto, tiene en común con su pariente el detective alguna que otra característica. Comparto con Juliá la firme vinculación que establece entre periodismo, intelectuales, debate y democracia. Pero no que el debate público, el pensamiento crítico y la sustancia de la democracia dependa de esto: “De que la prensa escrita se confirme, frente al ruido de los competidores audiovisuales, como lugar privilegiado del debate público”. Internet es ya el lugar privilegiado del debate público. Ese lugar sin límites incluye a la prensa, pero no sólo a la prensa. De hecho, la más grande transformación moderna del periodismo (y acaso de la democracia) consiste en que el debate social masivo se realiza también por canales ajenos a los propiamente periodísticos. Seguramente esto acabará provocando la aparición de un nuevo tipo de intelectuales. Privados o no. Pero lo más importante es que acabará provocando un nuevo tipo de democracia.

Publicado por Teresa Cascudo | Imprimir | Enviar | TrackBack (0)

Discurso do historiador Santos Juliá

«Intelectuales en periódicos: de la estrella polar al observatorio crítico»

Publicado no jornal El País (10 de mario de 2005)

El caso es célebre y se ha contado en muchas ocasiones, pero conserva todo el sabor de un acontecimiento fundacional y no importará recordarlo una vez más. A raíz del affaire Dreyfus, Emile Zola imprimió su memorable acusación contra el poder en forma de folleto, siguiendo la pauta que Voltaire había convertido en una verdadera industria: de la imprenta al corresponsal o librero pasando por una densa red de comunicaciones y transporte. Cuando estaba a punto de poner el folleto a la venta pensó que su protesta "obtendría más resonancia y publicidad si lo publicaba en un periódico". Pensado y hecho: L'Aurore había tomado también partido por Dreyfus y Zola se dirigió al periódico y encontró en sus páginas "refugio y tribuna de libertad y de verdad desde donde pudo decir todo". Las páginas de L'Aurore acogieron gustosas las cartas y los manifiestos de protesta, convencido su director de contribuir así a la defensa de la libertad y la verdad, y a la mayor difusión de sus periódicos: hasta 300.000 ejemplares del número de 13 de enero de 1898 vendió L'Aurore, un éxito que compensaba los sinsabores acarreados por esa muestra de independencia y de valor.

Desde entonces, la suerte del intelectual estará vinculada a su capacidad para alcanzar resonancia y publicidad desde una tribuna de prensa, desde algún periódico, lugar históricamente privilegiado de la presencia pública del intelectual. A fin de cuentas, no existe nada como "un intelectual privado" lo que equivale a afirmar que no es posible pensar la figura del intelectual sin el uso de los nuevos medios de comunicación desarrollados desde la invención de la imprenta y la aparición de un público lector: sin periódicos no hay intelectuales, aunque ningún intelectual debía perder de vista el consejo de John Stuart Mill: "si se quiere hacer algo en los altos niveles de la literatura y del pensamiento, escribir para la prensa no es aconsejable como recurso fijo".

Los intelectuales son por tanto inseparables de la difusión de los soportes escritos, de la aparición de una minoría lectora, instruida, de ese público que Larra todavía no encontraba en el Madrid de los años treinta del siglo XIX, pero cuya existencia daba por supuesta en Barcelona y Cádiz, no por casualidad ciudades comerciales. De esas minorías educadas emergieron grandes figuras que se abrieron un camino porque sabían escribir y no dejaban de hablar. Escribir y hablar o mi pluma y mi lengua, como decía Unamuno , que fue un empedernido y casi forzado, por una numerosa prole a la que era preciso mantener, escritor de artículos de periódicos de los que siempre procuraba que se derivase una invitación para pronunciar una conferencia bien retribuida. Esas son las armas y la servidumbre del intelectual, de ese especimen de escritor y charlista que, gracias a una obra de la que se derivaba cierta autoridad casi sagrada, intervenían en los debates públicos sobre cuestiones de interés general. Escribir y hablar: siempre, pues, la palabra, sometida a un formato, con sus reglas, su ritmo y, sobre todo, sus límites: si no quieres sufrir la inmisericorde y anónima tijera lo mejor es que no te pases: que te atengas a las palabras o a los minutos fijados: 750 palabras para una columna; cuatro veces más, hasta 3000 serán estos 25 minutos de los que juro no pasarme.

Límites fijados ¿por quién? Desde luego, no por el tema que te ocupe, que en ocasiones exigiría tal vez el doble y hasta el triple del espacio disponible. Tampoco por un arraigado temor a que el posible lector renuncie a seguirte si te alargas más allá de lo preciso. Ahí quien manda es el medio, erigido en los últimos años en un ente abstracto, lejano, que impone la regla primera del debate público marcando los límites de la intervención de cada cual. Estamos lejos ya de los tiempos en que reinaba soberano el santo patrón de estos premios -José Ortega Gasset, santo por la misma razón que él beatificó a Pablo Iglesias y a Francisco Giner de los Ríos- que alargaba o recortaba sus intervenciones según su propio saber y entender y que no temía publicar series de artículos sobre el mismo tema sin miedo a sufrir un tirón de orejas ni a espantar lectores (una práctica hoy desaparecida, salvo por el caso, siempre excepcional, de Miguel Ángel Aguilar cuando acomete la ardua tarea de comentar un proyecto de ley de defensa).

Dosificado el espacio de que cada cual dispone, ya se comprende que lo que hoy pretenden los medios es que en cada ejemplar quepan muchos y, de rechazo, que nadie identifique su opinión con la de tal o cual intelectual que se exprese en sus páginas o, dicho de otro modo, que puedan oírse todas la voces posibles, valiendo cada voz lo que por sí misma valga, no lo que pueda derivarse del hecho de ser emitida desde tal o cual periódico. Antes, casi desde el momento en que aparecieron bajo tal denominación, los intelectuales mantenían con sus periódicos una relación simbiótica: le pasó a Zola con L'Aurore igual que a Ortega con El Sol. Cuando Zola protesta o cuando Ortega se define -por mucho que tardara en hacerlo- no es un colaborador el que aparece como responsable, sino el medio. Ortega, cuando coloca bajo el trono aquella bomba de relojería que fue "El error Berenguer" -un magistral artículo de unas dos mil y pico palabras- lo que hace es lanzar a El Sol al centro de la tormenta política.

Hoy las cosas van de otro modo. Ante todo, desde luego, porque los intelectuales a lo Zola o a lo Ortega -o sea, el de la protesta contra el inicuo sistema, y el faro educador y esclarecedor de la masa- han hecho mutis y aunque no falta alguien que de tarde en tarde se presente como voz de los sin voz, como conciencia de la humanidad, o como el moralista de nuestro tiempo, como definía Aranguren la misión del intelectual posdemocrático, el lector, sin dejar de prestar atención, se encoge luego de hombros y pasa la página. Pero las cosas van de otro modo, además, porque la desaparición de ese intelectual tiene que ver con la elevación general de nivel de educación y de competencia del público para el que habla o escribe, que soportaría hoy mal la palmeta de dómine y el látigo de domador con que Maeztu pretendía armar caballeros a los intelectuales para despertar de su pasividad a la masa inerte y conducirla luego por el camino de su regeneración.

Que nadie se atreviera hasta años recientes a indicar límites infranqueables tenía mucho que ver con el cultivo por parte de los intelectuales de estas formas de presencia: el profeta que denuncia la corrupción de los tiempos presentes y que anuncia grandes catástrofes para el futuro si no se atiende su llamada a cambiar de camino; el sacerdote que posee la llave del sentido de la historia, que sabe cuando se produjo el desvío de su pueblo y donde se encuentra el camino de salvación; el comprometido, que pone su obra al servicio de un sujeto universal depositario inconsciente del sentido de la historia del que sólo podrá adueñarse cuando alguien sacuda de sus hombros la alineación en la que vegeta sometido; el moralista, que se sueña habitando un territorio de inmarcesible pureza y que presume de alzarse contra el poder, contra todo el poder, venga de donde viniere, sea del tirano, sea del sufragio.

Tales fueron las figuras de los llamados grandes intelectuales, los maitres a penser, acostumbrados al trato con los sujetos universales y cuya desaparición tantas veces se ha deplorado desde finales de los años ochenta. Años ochenta, recuerden: la revelación del archipiélago Gulag golpeó como una ráfaga de hielo nuestros ojos e hizo imposible mirar por más tiempo a otra parte: el comunismo entraba en crisis terminal. Al mismo tiempo, la expectativa de una especie de socialismo mediterráneo, ni comunista ni socialdemócrata, se hundía apaciblemente en las tranquilas aguas del mar que le dio nombre. La democracia comenzó a aparecer, ante la crisis gerontocrática del socialismo real y la inanidad de la promesas del socialismo mediterráneo, como horizonte irrebasable de la política; y el capitalismo, siempre al borde de la crisis final, sorteaba una vez más los anuncios proféticos y recobraba ímpetu bajo el nuevo y amenazante nombre de globalización.

Era demasiado para las frágiles espaldas del intelectual mitad sacerdote, mitad profeta y todavía un cuarto moralista. Tanto que comenzó a hablarse de su silencio, preludio de su muerte y de su fin. ¿Dónde están los intelectuales, se preguntaba? ¿Qué dicen? La muerte, casi simultánea, de Sartre y de Aron, sonaba, después de una forzada reconciliación, como epitafio de la especie: eran los dos últimos grandes intelectuales. Después de ellos, en la era que se bautizó como la après-Sartre, sólo silencio. Bueno, para no pocos que el silencio siguiera a la palabra sartreana no suponía ninguna desgracia, tal vez la posibilidad de un retorno a la razón democrática. Pero, en cualquier caso, después de Sartre, el silencio, tanto más llamativo cuanto más fuertes y altas habían sido las voces gestadas en el barrio Latino.

¿Silencio real o sólo una apariencia de silencio que ocultaba una por así decir silenciosa transformación de la presencia del intelectual en los periódicos? Cualquiera que abra hoy un diario, en Roma o en París, en Londres como en Nueva York, por no hablar de Madrid o Barcelona, encontrará sus páginas más pobladas de intelectuales que nunca. Sobre cualquier tema posible, de la guerra de Irak a la manipulación genética, del terrorismo islamista a la sedación paliativa, de las tramas del crimen organizado a la corrupción de la política, cientos, miles de intelectuales dejan oír cada día su voz desde las páginas de los periódicos, aquí y en el resto del mundo. ¿Cómo es posible, entonces, que se siga hablando del siglo XX como el siglo que presenció el nacimiento, auge, declive y desaparición de los intelectuales?

En mi opinión, porque la desaparición del intelectual universalista, omnisciente, depositario del sentido de la historia, del intelectual que enseñaba a la masa la estrella polar en medio del laberinto de pasiones -como decía Romain Rolland-; el intelectual crítico radical del presente en nombre de la construcción de aquel hombre nuevo hecho de materiales que sólo él -y el tirano- conocían, ha sido sustituida por el intelectual específico, de conocimientos limitados, que ignora el sentido de la historia y ha dejado de mirar a la estrella polar, y que, en consecuencia, ha cambiado la crítica radical por la crítica reformista, más eficaz tal vez aunque infinitamente menos sonora. Si se quisiera decir de otra manera, el intelectual tipo faro, que iluminaba el camino rellenando cuartillas desde la mesa de un café de París, ha dejado su sitio al intelectual que desde su ordenador envía 750 palabras sobre un tema de su competencia a la redacción de un periódico.

Esta nueva configuración del gremio de intelectuales, formado por un conglomerado de escritores, artistas, profesores, investigadores, críticos, sabios, científicos, ha ido pareja a un cambio de dimensiones históricas en los dos ámbitos en que los desde principios del siglo XX habían afirmado su presencia diferenciada: el de la política y el de los medios. El intelectual existe sólo en la medida en que el ámbito de lo político se profesionaliza sin que, por lo mismo, sucumba a la exclusiva competencia de los políticos profesionales. A la vez, sólo hay intelectuales en la medida en que la prensa constituye un campo autónomo de la política sin, por eso, reducir su voz a la de los profesionales del periodismo. Estos dos procesos -políticos profesionales que no pueden, por más que quisieran, reducir la política a un terreno de su exclusiva competencia y periodistas profesionales que no pueden, aunque lo desearan, reducir los medios de comunicación a un ámbito en el que sólo ellos fueran dueños absolutos de toda la palabra- se funden en un nombre: democracia.

Y ha sido, en definitiva, la consolidación de la democracia como marco, o suelo, fuera del cual es hoy imposible pensar políticamente, lo que ha transformado la figura del intelectual, destrozando por un lado al que se presentaba como depositario de la razón de un sujeto universal -pueblo, clase obrera, nación- y como guía hacía la utopía -arcadia, hombre nuevo, socialismo- y multiplicando la presencia de lo que Raymond Aron bautizó con el nombre, nada exultante, de observador crítico. Ser observador exige situarse dentro del sistema, compartir sus principios básicos, los valores que lo constituyen, convencidos de que mirar a las estrellas es la receta más segura para tropezar con alguna miserable piedra del camino; ser crítico significa, ante todo, poseer competencias específicas sobre lo que se crítica, hablar el mismo lenguaje, no aceptar por más tiempo que entre responsabilidad y convicción existe un abismo insalvable o, mejor, afirmar que la convicción se disuelve en puro moralismo cuando no puede ser realizada responsablemente.

Lo cual, como a nadie se escapa, significa la disolución de las convicciones absolutas, las que en nombre de un ideal construido en la soledad de alguna contemplación, en lo que se llamaba una torre de marfil, se oponían como modelo ideal a la miseria de la política. Es decir, significa la aceptación sin reticencias de la democracia y del poder democráticamente ejercido. Aceptar , dicho de otro modo, que el marco de presencia y actuación del intelectual -como del periodista o del político- es la democracia, ésta, no cualquier otra democracia ideal, que no fuera de este mundo, sino del otro y en cuyo nombre sería fácil y obligado rechazar ésta por corrupta o por mediocre. La crítica del observador no tiene nada que ver con el rechazo del moralista: el observador crítico habla el lenguaje de la democracia y formula propuestas a partir de los mismos principios que la constituyen y sin los cuales no es siquiera pensable; nada que ver con el moralista que protesta en nombre de una razón universal ni con el sacerdote que esgrime el orden natural del que él, por revelación divina, sería único depositario.

Todo esto puede sonar a retirada, a abandono. Y así es, en efecto. Lo que se ha tomado por silencio y fin de los intelectuales, por su muerte y sepultura es en realidad, por utilizar una imagen recientemente puesta en circulación por Mark Lilla, el fin, esperemos que definitivo, de la fascinación de Siracusa. Hablar en nombre de un sujeto universal, sea Dios o la razón, el pueblo o la nación, el proletariado o el partido del proletariado, significa en la práctica situarse del lado de la tiranía: quisimos ser hermanos de las víctimas y nos descubrimos cómplices de los verdugos, dijo Octavio Paz en una de las más lúcidas críticas al supuesto de que la revolución, para no sucumbir ante sus enemigos, debía aplazar a un horizonte sine die el ejercicio de la crítica. Por más que se disfrace con el manto de lo que en torno a nuestro 98 se denominó el buen tirano, el cirujano de hierro, por más que se adorne con los atributos de la verdad y del bien, la tiranía asistida por la razón universal ha sido, parafraseando a Paz, el estigma del intelectual moderno.

Pero ese retorno de Siracusa no ha liquidado la figura del intelectual; sencillamente, le ha curado de la fascinación de la tiranía. Por eso, la desaparición del gran maestro que lo sabía todo ha multiplicado la aparición de maestros específicos que han subido con sus limitados saberes a la escena para dirigirse a unos públicos que no son ya masa amorfa o disciplinada, anhelante en todo caso de que alguien levantara el dedo para indicarles el camino. La democracia liquida la posibilidad de los viejos grandes maestros porque multiplica la necesidad de los nuevos observadores críticos. Tábanos modernos, los ha llamado Tzvetan Todorov: intelectuales demócratas diría yo, que no rechazan el presente en nombre de los amaneceres que cantan, sino que asume los principios constitutivos de la sociedad democrática, para ejercer la crítica en cuestiones específicas, sobre las que posee cierta competencia de la que pueda derivarse un enriquecimiento del debate público.

Y en este punto vuelve a fundirse, como en la primera hora, el camino del intelectual con el del periodista. Pues la única posibilidad de que aquel espíritu crítico evocado por Paz no desaparezca y, con él, no se extinga el debate público en que toda la democracia consiste, pende hoy de un hilo: de que la prensa escrita se confirme, frente al ruido de los competidores audiovisuales, como lugar privilegiado del debate público. Sin necesidad de compartir los lenguajes apocalípticos en torno a la televisión como mera productora de imágenes que anula los conceptos y atrofia nuestra capacidad de abstracción y de entender, como ha escrito Sartori, es lo cierto sin embargo que el lugar propio del debate de ideas en democracia es, como en tiempos de Zola, como en tiempos de Ortega, como siempre, la prensa. Podrán variar las figuras de intelectual y la industria de la comunicación, pero por encima de esos cambios será preciso mantener la profesión periodística libre, como recomendaba Juan Valera, "de la protección de los poderes políticos o de los jefes de partido que se suceden en el poder, sin apelar a violencias de lenguaje, a apasionadas y vehementes censuras y a otros medios conducentes a atraer la atención y ganar la voluntad de vulgo por medio del escándalo" y como es habitual en nuestro tiempo, de la mentira. Es en esos momentos cuando el periódico se erige, como demuestran los trabajos hoy premiados, en aquella tribuna y refugio de libertad y de verdad, que celebraba hace más de un siglo Emile Zola y que hoy, como ayer, constituyen la sustancia del debate democrático.

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